jueves 28 de octubre de 2010

Quien quiera leer, que lea

Me pongo a escribir esto en medio del shock en el que he quedado después de enterarme del fallecimiento del ex presidente de la República, Néstor Kirchner. Como todos saben, debería estar enfrascado entre mis libros y mis apuntes, escribiendo y ganándole horas al día para estar tranquilo a la noche, pero no puedo. Se me complica mucho estar con el cuerpo en un lado, y la cabeza y el corazón en otro.

Desde el punto de vista personal, y para no faltar a la verdad, debo reconocer que el modus operandi de la política peronista y kirchnerista nunca me sedujeron. Sin embargo con el correr del tiempo, probablemente con el avance de mi carrera universitaria, fui entendiendo algunas cosas sobre el manejo de la política y la militancia, sobre la búsqueda de alianzas, los pactos, el funcionamiento parlamentario y los apoyos populares. Y hoy, jueves 28 de octubre de 2010, puedo decir que Argentina ha perdido a un hombre de política. Un zoon politikon de verdad. Y me apena.

Por otro lado tengo la certeza de que su gobierno y el que ahora encara con mucha valentía y coraje su señora esposa desde la presidencia, han sido como mínimo destacables desde el punto de vista de los logros. Y por qué no también desde el coraje y valentía que solo tienen las personas con ideas y convicciones fuertes. Y por ese lado también me apena.

No es mi intención ponerme a discutir qué otras cosas están pasando, y en qué se debería trabajar más o qué tiene prioridad. No es necesario y no me parece oportuno. No soy yo quien transita las calles de mi Argentina querida a diario, eso que muchos me hacen notar para desacreditar mi palabra a la hora de opinar. No creo en que el gobierno haya sido y sea perfecto y si hace falta repetir, lo repito. Pero sí creo, y estoy convencido de eso, de que este gobierno encaró las reformas más difíciles y más necesarias que se debían, y se deben hacer, si lo que queremos es un país con miras al futuro.

No, no voy a hablar de la oposición impresentable en un día como hoy. No les voy a dar el gusto a todos esos que mientras salían a dar las condolencias, estaban sentados con su equipo para ver qué hacer ante esta ventana de oportunidad política que se abrió. No quiero desperdiciar en ellos que van siempre en contra del pueblo, y que el pueblo siempre perdona y recupera en época de vacas gordas, las líneas que me quedan. Sólo quiero decirles que el vacío que queda no lo van a poder llenar tan fácil. Hoy en día son contados los hombres de política de verdad como él, y los hombres con su cintura, garra y carisma. Este vació lo tenemos que llenar todos. Y tenemos que pensar, de una buena vez, qué queremos como país a largo plazo. Basta de mediocres cortoplacistas, no necesitamos más palabras vacías y descalificadoras, de parte de tipos que lo único que saben hacer es eso, deshacer.

Hoy, tenemos la suerte de contar con una persona en el gobierno con muchísima inteligencia y capacidad, que ha perdido a su compañero de toda la vida. Y debemos apoyarla, porque es nuestra presidenta. Nuestra, de nuestro país. Mi país, ese que me queda lejos pero que siento, entiendo y me enorgullece en muchos sentidos, pero que me avergüenza en tantos otros. Y después, qué importa del después. La ciudadanía ya dirá mediante su voto qué rumbo tiene que seguir el país. Si queremos continuar con un modelo, o cambiar a otro. Yo ya sé que tipo de país quiero, y pienso que hay que trabajar en pos de eso. Trabajar y construir, nunca destruir, y que lo tengan bien en claro los destructores de siempre. No tenemos que olvidar que muchos de quienes hoy nos hablan de todo lo mal que está el país, fueron responsables o cómplices directos de su degradación total.

Y me vuelvo a mis libros angustiado, porque todavía no era tu momento Néstor. Porque todavía hay muchos frentes abiertos, y muchas batallas políticas que ganar. Confío en Cristina, porque en el fondo todos sabemos que la última palabra siempre la tiene el hombre y es “Sí, querida”. Y porque tiene cojones, y mucho mejor ubicados que muchos hombres del medio.

Los dejo, me despido de vos Néstor agradeciéndote las cosas buenas que hiciste y todavía recriminándote esas que hiciste mal, pero con la convicción de que dejaste un país mucho mejor del que recibiste cuando te pasaron el bastión. Y creyendo, convencido, de que un país no se arma en 4 u 8 años, así que espero que los que vengan estén a la altura de las circunstancias y cuando les llegue su turno, construyan siempre hacia arriba.

sábado 5 de septiembre de 2009

El problema del futbol

Me pongo a escribir esto a 10 minutos de terminado el tan ansiado Argentina- Brasil (lo aclaro de antemano, para que se entienda hacia qué lado van los tiros, dado que el fútbol tiene muchos problemas pero que no me atañen en este momento).

A través de muchos años de mirar, de jugar y de sentir futbol, creo que puedo dar la respuesta a cuál es el problema con el deporte rey. Podrá decirse que no es nuevo, ni que no soy el único que lo piensa, pero es mi blog y yo escribo lo que pienso yo, los demás ya tienen sus blogs o pueden hablarlo libremente en cualquier bar.

Y yo, sin miedo a equivocarme, y sintiéndome juez y parte del asunto, declaro culpable a la especulación.

Digo que soy juez y parte porque como amante del deporte limpio, donde gana el más habilidoso, donde un caño, una rabona, una pared bien devuelta que termina en gol, es lo que yo considero “jugar al futbol”, pero que a la vez he festejado como loco cuando se gana jugando mal o con un gol con la mano…

Hecha la aclaración retomo el hilo de la cuestión, redoblo la apuesta: el problema del futbol es cuando solo uno de los dos equipos sale a jugar.

Ejemplos sobre esto, no me faltan. Pero agarremos el más reciente: Brasil 3 – Argentina 1. Visto así, el partido fue un palizón. El resultado es más que contundente, y hay un ganador y un perdedor.

Sin embargo, yo no lo veo tan así. Perdedor, en el fondo, resulta todo aquel al que le gusta “eso especial” del futbol. El resultado, la estadística, marcan una cosa. Los 90 minutos en la cancha, dicen otra.

Con esto no quiero atacar ni a Brasil, ni su táctica, ni a su técnico, que me parecen abominables. No obstante, quiero hacer énfasis en la paradoja siguiente: en el futbol actual, lo más beneficioso es no jugar. Y eso es lo que nos quieren vender con tanta táctica, técnica, estadística y resultado.

¿Acaso cuando vamos nosotros a jugar al futbol, jugamos a empatar? ¿Dejamos que el otro nos avasalle para salir a la contra, o aunque con limitaciones, intentamos jugar? ¿No es eso futbol?

Yo, personalmente, la derrota de hoy no me supo tan mal. Claro, el sinsabor lo tengo, y comienzo a preguntarme si es bueno ser laico en esta vida… (después de todo, en Brasil todos rezan, en España la mitad reza, en Italia tienen al Pope… y así les está yendo y así nos va a nosotros…).

Bromas aparte, Argentina jugó. Supo lo que quería, y fue a buscarlo con el cuchillo entre los dientes. No se nos dio, perdimos, y otra vez triunfaron los 11 detrás de mitad de cancha o colgados del travesaño.

Pueden llamarme ingenuo, pero yo sigo prefiriendo al futbol como juego, a la bocha pegada al piso, y al gol como consecuencia de esto, y no al revés. Al futbol se juega para meter gol, no se mete gol y se le llama juego…

Indignado, pero con la conciencia tranquila, me despido por hoy con un VAMOS ARGENTINA CARAJO, y a Brasil le digo: nos volveremos a ver en la final del año que viene… y eso sí, cuidate, porque D10S da changüí, pero es argentino y lo tenemos de DT.

lunes 25 de mayo de 2009

Ser conscientes

por EGP y alguna ayudita de MANF

En la sociedad moderna en la que nos toca vivir, a medio camino entre globalizada y cerrada en sí misma, muchas veces resulta una difícil tarea ponerse en contacto con realidades ajenas a las propias.

La mayor parte del tiempo solemos vivir conformes y metidos dentro de una cajita de cristal, en la cual nuestros problemas terminan recayendo en nimiedades a comparación de lo que padecen o han padecido otros. La memoria colectiva falla: no recordamos de dónde vinimos y lo que se ha tenido que padecer para llegar donde estamos.

Nuestros abuelos y las guerras, los conflictos internos y externos, el hambre, la miseria, el desarraigo de los inmigrantes, y toda clase de penurias que hoy nos suenan tan lejanas pero que, de alguna manera u otra, han contribuido para configurar nuestro presente.

Es por eso no debemos alejarnos de esta, que es en última instancia, la realidad que como mundo nos ha tocado vivir. La diversidad, el choque de ideas, y los enfrentamientos como resultado de todo esto, están a la orden del día.

Quizás la educación que hemos recibido no ha sabido -o no ha querido- incentivar en nuestras generaciones una mirada amplia y crítica de nuestro ser y las relaciones interpersonales, y a enseñarnos que siempre nos encontraremos a alguien en una mejor posición y alguien en una peor (en todos los aspectos de la vida).

Es por eso que rescato mucho la actividad que hemos hecho la semana pasada: una videoconferencia con Colombia, donde tuvimos la posibilidad de intercambiar preguntas con unos muchachos heridos a causa de las minas antipersonales.

Este tipo de actividades nos ayudan a reconocer otro tipo de realidades. Nos ayudan a darnos cuenta lo bien que vivimos, a comparación de otros. Nos recuerdan lo afortunados que somos, y hacia donde deberíamos dirigir nuestras miras de cara al futuro; sin olvidar, ni pasar por alto nuestro pasado.

Para realizar una acción crítica hacia estas injusticias es necesario, en primera instancia, no permanecer indiferente hacia esta realidad. Porque para cambiarlas precisamente es necesario conocerlas a fondo. Y aquí radica la fundamental importancia de cualquier contacto y entendimiento empático que podamos tener para con los demás y sus circunstancias.

Esto nos ayudará a comprender nuestro camino, nos engrandecerá como ciudadanos del mundo, y nos enseñará a darnos cuenta que la inconsciencia y el desentendimiento social no son variables a considerar.

domingo 17 de mayo de 2009

Consternados, rabiosos


Vámonos,
derrotando afrentas.
ERNESTO "CHE" GUEVARA


Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da verguenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergueza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el timpo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.


Hasta mañana Mario, siempre quedarás en la memoria de los que alguna vez tuvimos la suerte de leerte.

domingo 3 de mayo de 2009

A mí me decían El Gordo Boludo

otro más de Hernán Casciari

Dos tragedias similares, aunque con desenlaces distintos, ocurrieron ayer en Argentina y España a causa de la tradicional costumbre que tienen los adolescentes de burlarse de los compañeros de aula más introvertidos o estúpidos o deformes. En Buenos Aires, un nerd asesinó a cuatro compañeros; en San Sebastián, un chico que siempre era blanco de las burlas saltó desde un sexto piso y se mató.

Como todo el mundo sabe, no hay nada más cruel que un chico entre los 12 y los 16 años, aburrido de aprenderse de memoria el nombre de los ríos y con ganas de redefinirse en la vida. La escuela, ese hábitat que en apariencia fomenta la sociabilidad y otros valores humanos, es, en realidad, el sitio adecuado para aprender a hacer chistes de mal gusto y ponerle sobrenombres humillantes a los compañeros raros.

Cada vez que ocurre una tragedia a causa de las burlas, los medios de prensa y la televisión comienzan a desempolvar las claves de la solución final de estos males. Siempre que escucho estas opiniones apresuradas, me da por pensar que las personas que las propician han olvidado completamente su época escolar. No recuerdan nada.

Escuchaba ayer a un sicólogo, en un noticiero español, brindando a los jóvenes algunas pistas para lograr que los más fuertes no se burlen de los más débiles en el aula. Aconsejaba al resto del alumnado "dar parte a los profesores cada vez que notaran alguna de estas prácticas". Es decir, el sicólogo aconsejaba abiertamente el buchoneo (en español: chivatazo), sin recordar que ésta es una de las características de debilidad que más odian los fuertes del curso.

Los adultos que, asombrados, se preguntan por qué los adolescentes fuertes humillan, golpean y ridiculizan a los adolescentes débiles, desconocen que esta actividad no es exclusiva de las aulas. Incluso se da con mayor frecuencia en la ONU que en los colegios.

En casi todos los campos de la educación, padres y maestros tienden a culpar a los alumnos de fallos que son inherentes a la condición humana general: el joven no estudia, prefiere la trampa al esfuerzo, no lee, se burla de los más débiles, recurre a la violencia con asombrosa facilidad. ¿Es realmente éste el identikit de la juventud, o es el curriculum de Bush, o es la descripción de un padre promedio, o es la ficha técnica de uno de los miles de maestros mediocres que pueblan las aulas?

Si el lector tiene un hijo entre los 12 y los 16 años, creo que es recomendable que descubra, antes que nada, si el chico es un estúpido. Objetivamente, sin engañarse ni mezclar el veredicto con mantos de piedad o de amor. A mí me daría muchísimo miedo, por ejemplo, que en el futuro la Nina no supiera responder con creatividad a un insulto. No me alarmaría que fuese una alumna mediocre, pero sí que no tenga reflejos dialécticos para interactuar ante la crueldad del entorno.

Pequeño instructivo para padres, profesores y opinadores de medios de prensa: hay tres clases de alumnos, y ellos mismos se encargan de etiquetarse tan pronto llegan al establecimiento escolar: están los que se sientan adelante, los que se sientan en el medio y los que se sienta atrás. Parece demasiado general, incluso un estudio de campo torpe, pero no falla.

Con este mustreo, no es complicado saber que, si alguien va a suicidarse, será uno de adelante; si alguien va a matar a todo el mundo con una pistola, será uno del medio; y si alguien tendrá la culpa de todo según los ojos miopes de la sociedad, serán uno de los de atrás.

El profesor no debería sentirse satisfecho si los de adelante escuchan atentamente la clase. Debería saber que eso no se llama 'escuchar': eso es timidez, introversión o pánico. Lo que debe intentar un maestro es entretener a los del fondo. Por supuesto que para eso hace falta creatividad y pasión por el deporte. Pero logrado esto, el resto 'débil' de la clase se sentirá a salvo de sus verdugos y podrá participar, ya no desde el terror, sino desde la confianza.

Cada vez tengo más claro que los opinadores mediáticos que hablan de lo que debe hacerse con la educación han sido, de jóvenes, alumnos indefensos y humillados que se sentaban en los primeros bancos y aprendían de memoria ríos y fechas. Gente que no tuvo siquiera el valor de suicidarse o la prepotencia de matar. Y por eso, por pura mediocridad, ahora aconsejan desde la venganza y el rencor fórmulas imposibles.

Es necesario, sospecho, que la educación moral (la que brindan sobre todo los padres) aporte herramientas útiles, y no valores de un mundo que ya no existe. Junto a la solidaridad, habría que inculcarle al niño un poco de ironía. A la vez que honestidad, algo de malicia. Al mismo tiempo que amor por la verdad, pasión por la fábula y la exageración. A los hijos y a los alumnos no sólo hay que educarlos: también es preciso curtirlos.

A un chico hay que enseñarle a reírse de sí mismo, antes que a realizar cálculos matemáticos con logaritmos. Nadie que sepa reírse de sus propias desgracias se suicida o mata porque le digan "rengo" "narigón" o "cuatroojos" durante doce años ininterrumpidos. A mí me decían "El Gordo Boludo", y nunca intenté, por eso, coquetear con la muerte.

Lo que sí me generaba era angustia oral.


sábado 11 de abril de 2009

Yo es otro

por Hernán Casciari
http://orsai.es/2005/02/yo_es_otro.php

Yo creo que hago todo lo necesario, carajo. Y más. Abro el Clarín todas las mañanas a las ocho. Miro el partido del viernes; también entreveo, medio dormido por la diferencia horaria, el partido del sábado; y me siento en el sofá con una Quilmes en la mano a mirar los dos clásicos del domingo. Hago todo lo que hay que hacer.

El kiosco de enfrente de casa, que fue adquirido hace dos meses por un tipo de Lanús, ahora se llama La Bombonera y me vende yerba, alfajores y Serranitas; además, toda la familia del kiosquero me saluda con asento. Converso cuando se me antoja —vía Skype— con mi familia en Mercedes a un centavito de euro el minuto. Algunas tardes el Chiri me cuenta, por messenger, las novedades literarias desde su librería de Luján.

Me cuido mucho de no hablar de tú más que lo estrictamente necesario. Despotrico contra la forma en que las españolas meten el culo adentro de los vaqueros: sin gracia, sin calce profundo. Recito a solas la frase "ayer guiyermo se olvidó las yaves del garaye y el toyota se quedó abajo de la yuvia" para no perder la entonación. A la Nina le digo ¡che! y la santa se da vuelta: es importante inculcarle que "che" es su segundo nombre.

Voy con el mate por toda la casa, a cualquier hora, incluso cuando no tengo ganas de tomar mate. Para despertar a mi hija de la siesta le canto Manuelita, la Reina Batata y Siga el Corso, en versión infantil. Despotrico contra la televisión española cada treinta minutos. Entre amigos no digo euros, digo pesitos: "prestáme diez pesitos" digo concretamente. Sigo pensando colectivo, subte, calefón, garrafa y plomero pelotudo, aunque muchas veces tenga que decir autobús, calentador, bombona y fontanero gilipollas. Del Clarín leo más que nada la sección Espectáculos, para saber si Tinelli le ganó a Suar o al revés. Y después reviso los chistes de la contratapa, para comprobar si me sigo riendo de las mismas cosas que antes.

A veces, cuando no entiendo un chiste, cuando un código argentino no se desata en mi cabeza con la soltura de la cotidianeidad, me siento terriblemente aislado, contrariado, perdido y caducado como una natilla en la nevera. Vencido como un sandy en la heladera. En orsai. En off-side. Me siento sucio como si me hubiera violado un gallego metiéndome la edición dominical del diario El País, enrollada, por el culo.

Me siento ofendido con mi propia cabeza, una cabeza que, a pesar de los esfuerzos desmesurados que hago, a veces se olvida de algo, va puliendo los baches de la memoria, se contamina de pluralidad lingüística, va desterrando la frase "dejemé a mitad de cuadra" cuando me subo a un taxi. Odio a veces a esta cabeza mía que reconoce, por la calle, a los argentinos recién llegados por su desmesurado yeísmo.

Muchos días me molesta sentir que me estoy acostumbrando a que todo funcione, a cobrar el día uno, o a que el policía de la esquina converse amistosamente con la puta de la esquina como lo que son, dos servidores públicos nocturnos que trabajan en la misma esquina. No debería acostumbrarme a eso: yo vivía en Palermo, la policía y los travestis se perseguían, se pegaban palazos, a veces ganaban ellos, a veces ganaban ellas. Pero no. Me acostumbro al orden. Me acostumbro a ir de madrugada sin ver a los chicos en la basura. Incluso hay días en que me siento cívico y tiro el paquete vacío de cigarros en la papelera. Odio esos días en que me siento cívico.

Entonces me pongo como loco y hago más esfuerzos, para no acostumbrarme, para no dar el brazo a torcer, y leo el pirulo de tapa de Página 12, y me bajo del E-Mule ochenta películas argentinas, también las películas que, si viviera en Buenos Aires, no vería ni borracho. Incluso me bajo y miro las películas en las que trabaja Nicolás Cabré.

Compro literatura argentina para saber qué están haciendo los escritores de mi edad. Escupo por la calle. Reconozco, a un golpe de vista, las publicidades españolas rodadas en Buenos Aires, por el paisaje o por la creatividad.

Despotrico, despotrico y despotrico todo lo que puedo, contra todo lo chato y todo lo triste y todo lo básico que hay en la cultura española. Hago comparaciones odiosas que a Cristina le ponen los pelos de punta. Me declaro en contra de la sociedad del bienestar, del consumo navideño, del Corte Inglés y de que en las ciudades de veraneo a las que vamos a echarnos panza arriba no haya una puta librería decente.

Hago todo lo que puedo, lo juro por dios y la virgen: una vez cada quince días canto "febo asoma ya sus rayos iluminan el histórico convento", y tengo en el bidet del baño (acá el bidet tiene tapa y no sirve para limpiase el culo) las obras completas de Borges y las de Fontanarrosa.

Sigo los partidos del Villarreal porque es el equipo con más argentinos titulares. Anoche grité bien fuerte el gol de Maxi López, y después grité más fuerte todavía el pase de Maxi López que le dio el dos a uno al Barça contra los ingleses, que son todos putos. El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés.

Pero a la vez me alegra que mis amigos estén a punto de conseguir los papeles. Y cocino la carne como dios manda, cocida, asada, a lo macho. Le pongo chimichurri, le pongo sal gruesa. Hago todo lo que hay que hacer. A veces hago más de lo que hay que hacer. Y sin embargo, a veces, a solas, mirando por la ventana, cagado de frío en pleno febrero, pienso que no podría vivir otra vez en Argentina. Es más, a veces pienso que no he vivido nunca en Argentina, que he tenido un sueño, un sueño real y nítido, que he tenido la sensación maravillosa de ser de allí, pero que nunca, en realidad, he estado.

Que jamás me he quedado una noche entera esperando un trasbordo en Moreno, muerto de miedo. Que nunca en la vida me robaron el discman en la estación Victoria, ni que nadie me puso jamás un cuchillo tramontina en la garganta para sacarme el bolso. Que nunca me dijeron que me iban a pagar y después no me pagaron. Que nunca dije "la semana que viene te pago" y después me mudé de ciudad para no pagarle a nadie.

Todo me parece un sueño, a veces. Hasta este DNI que sigo llevando (al pedo) en la billetera, el celeste con el logo del Mercosur, el que tiene mi cara de antes. Ya no es algo real o palpable. Este documento plastificado ya se ha convertido en otro de mis esfuerzos por seguir aferrándome con desesperación a un lugar en el mundo, a una utopía, a una noche interminable de mis veinte años, a unos amores y a unos amigos, a una mesa llena de libros y porro y mugre y lamparones de vasos de cerveza.

¿Y esta foto? ¿De quién es la foto en este DNI? A veces me miro en esta foto, la miro detenidamente, y no me reconozco. No soy yo del todo, es un doble, un doble mío, un doppelganger, un double walker, un conocido, un tipo que se parecía mucho a mí en algunos gestos, en ciertas manías choubinistas. Pero ahora esta foto puede ser la de cualquiera —me digo—, aunque hay alguien que con toda seguridad no está allí, posando como un estúpido en la Policía Federal a principios del año 2000: allí no está, ése no es.

Y entonces concluyo, muerto de miedo, vencido, caducado, que en esa foto ya no hay identidad por la que valga la pena pelear. Porque ésa no es la foto del padre de la Nina. Ni lo será nunca más (ni lo seré nunca más), por más yeísmo que arrastre mi lengua hasta que el paladar se me seque de gloria morir. Ésa no es la foto del padre de mi hija. Yo es otro, ostia puta, y vengo a descubrirlo ahora, en febrero, en Barcelona, y con esta lluvia triste que parece mercedina.


Así me siento muchas veces; así son algunos de los pensamientos que cruzan por mi cabeza.

Gracias Hernán por ser argento-catalán y expresar tan bien lo que nos pasa a los que estamos como vos...






martes 31 de marzo de 2009

Extracto final del discurso de Raúl Ricardo Alfonsín frente a la Asamblea Legislativa (1-12-1983)

Creo importante destacar este discurso justamente por estos días de tanto ajetreo, y en donde la vida de este personaje central de nuestra historia democrática actual pende de un hilo.

Lamentablemente, en esa época no había nacido. Lamentablemente no fui testigo de este hecho, que llenó de orgullo y creó expectativas y esperanzas en nuestro pueblo.

Sin embargo, opino que sin importar lo afín que uno pueda ser a su partido, la Unión Cívica Radical, nos encontramos frente a un hombre honrado, justo y conocedor de la política.

Si el cáncer que lo tiene a mal traer decide que su tiempo terrenal ha concluído, que sepa que quedamos muchos argentinos (de la época y posteriores) que le tenemos en estima y le agradecemos su labor. Que tuvo errores, como todo ser que se precie de humano, pero que pretendió llevarnos hacia un destino mejor y que, digan lo que digan unos cuantos, es lo que tenemos hoy en día en Argentina y sobre el cual debemos estar orgullosos.

Orgullosos por lo trabajado y lo sufrido, recordando nuestro pasado, pero pensando seriamente hacia donde queremos dirigirnos como país, como sociedad.

Considero oportuno por tanto este fragmento del extensísimo discurso, y le deseo al Dr. que pueda descansar con la paz que se merece una persona de su talante.


(sacado del blog de Jorge Telerman, http://jtelerman.blogspot.com/2009/03/final-del-discurso-del-dr-raul-alfonsin.html)

"Inútil sería tratar de disimular la emoción cívica que invade nuestro espíritu al presentarnos aquí, en este día, ante la magna Asamblea que encarna la representación de todo el pueblo argentino. Como sabemos que esa emoción es compartida y unánime, nos excusamos de palabras sobreabundantes para expresarla. La circunstancia no es propicia para la retórica, por otra parte. Es la hora de la acción y de la acción fecunda, decidida, comprometida e inmediata. Es la hora de hacer, de hacer bien, de hacer lo que la República reclama y el pueblo espera.
Por la libre voluntad del pueblo argentino, tengo el honor y la responsabilidad de asumir la presidencia de la República. Los hombres y mujeres de mi patria me honraron confiándome ese cargo con una esperanza: la de recuperar la Nación para la vida, la justicia y la libertad.

Esa esperanza es nuestra respuesta, la respuesta de la inmensa mayoría de los argentinos en una experiencia dolorosa.

Hemos vivido con dolor el imperio de la prepotencia y la arbitrariedad en esta tierra en la que nuestros abuelos quisieron construir la igualdad y la justicia.

Hemos vivido el dolor de la violencia y de la muerte aquí, en esta Argentina que todos soñaban y que todos queremos para la paz y para la vida.

Hemos vivido, y todavía vivimos, el dolor del desamparo de millones de hombres y mujeres en un suelo que puede proveer a la prosperidad de todos el dolor del hambre en el país de los alimentos, el dolor de la falta de techo, de salud y de educación en una nación donde nada justifica la existencia de estos males.
Hoy asumimos el gobierno de la Nación cuando está sumida en la crisis quizá más grave de su historia. Pero los dolores que hemos vivido nos dejaron lecciones que no podemos ni debemos olvidar, lecciones que nos ayudarán para salir de una vez por todas de esta situación intolerable, de esta degradación creciente de un pueblo y de un país que no merece ese triste destino.

Los pueblos, como los hombres, maduran en el sufrimiento y no seríamos dignos del nombre de pueblo argentino si no fuéramos capaces de aprender la lección del dolor.

Lo primero que no debemos olvidar es que lo más valioso que tiene nuestro país son los hombres y las mujeres que lo habitan. No es el petróleo, ni las vacas, ni el trigo, ni las fábricas, sino el trabajo y la capacidad de creación de todos y cada uno de nuestros habitantes lo que da sentido y riqueza a nuestra Argentina, como a cualquier otra nación del mundo.

La segunda lección es que sólo el pueblo se preocupa por el destino del pueblo. Cuando se impide al pueblo decidir su propia suerte, cuando se le prohíbe elegir y controlar al gobierno, tarde o temprano se deja de gobernar para el pueblo.

Nadie puede pretender que un gobierno no cometa errores. Pero de una vez por todas haremos que sólo sea el pueblo, por su libre voluntad y dentro de las instituciones democráticas, quien sea el único que juzgue y corrija esos errores. El dolor que vivimos nos ha enseñado que cada vez que se coarta el camino hacia la democracia, la inmensa mayoría de los argentinos termina perjudicándose.

También aprendimos que hay quienes se benefician cuando es la fuerza y no la voluntad libre del pueblo quien impone el gobierno de la Nación. Aprendimos que los que estimulan la impaciencia para proponer la intolerancia y la violencia como remedios, han terminado favoreciendo los intereses del privilegio. Aprendimos que cuando el pueblo no decide sobre el gobierno, la Nación y el pueblo quedan desguarnecidos frente a los intereses de adentro y de afuera.

Y hemos entendido que hay fuerzas poderosas que no quieren la democracia en la Argentina. Sabemos que la reivindicación del gobierno del pueblo, de los derechos del pueblo para elegir y controlar el gobierno de acuerdo con los principios de la Constitución, plantea una lucha por el poder en la que no podemos ni debemos bajar los brazos, una lucha que vamos a dar y en la que vamos a triunfar.

Tenemos una meta: la vida, la justicia y la libertad para todos los que habitan este suelo.

Tenemos un método: la democracia para la Argentina.

Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia.

Tenemos una tarea: gobernar para todos los argentinos sacando al país de la crisis que nos agobia.
Hoy enfrentamos dos desafíos: gobernar la Nación en la crisis y consolidar definitivamente la forma de gobierno que asegure el derecho del pueblo a decidir su destino. Como hombres que somos, podremos equivocarnos al gobernar. Como argentinos, en este momento y para siempre, sólo permitiremos que sea el pueblo el único juez de esos errores y el único con derecho a corregirlos. Nosotros, junto con la inmensa mayoría de los argentinos, sabemos que a los problemas que vamos a enfrentar, a los problemas que esta crisis ha agravado enormemente, se tratará de aprovecharlos para combatir la democracia. Pero sabemos que el pueblo aprendió la lección y que estará a nuestro lado para defenderla, con el vigor, la fuerza y la decisión de pelear por su derecho de gobernarse.

Vamos a hacer realidad la esperanza de recuperar la vida, la justicia y la libertad, porque, por dura que sea nuestra situación, ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar, junto con el gobierno pero también más allá de los gobernantes, en la tarea de construir su propio futuro. Otros pueblos se han levantado de ruinas a veces más tremendas que las nuestras. No somos más, pero tampoco somos menos que ellos. También nosotros podemos hacerlo, y lo vamos a hacer, superando dificultades, equivocándonos y corrigiéndonos. Y no tengo duda de que podemos gozar de esa vida, con esa justicia y esa libertad que hoy deseamos. Lo vamos a lograr vamos a dar ese ejemplo y vamos a extender nuestra mano fraterna para que otros pueblos, en particular nuestros pueblos hermanos latinoamericanos también lo logren.

Hemos venido ante vuestra honorabilidad, conscientes de nuestras limitaciones y del arduo esfuerzo que tendremos que desplegar para tratar de ponernos a la altura de nuestra responsabilidad histórica, pero conscientes, con igual sinceridad, de que nuestro mandato es claro, terminante e ineludible; tal como lo es, en la esfera del Poder Legislativo, los que han recibido los miembros de esta Honorable Asamblea, y tal como lo será el que oportunamente reciban, con acuerdo del Honorable Senado, los jueces de la Nación que habrán de completar la arquitectura constitucional de la República con su alta misión, más silenciosa, pero no menos esencial.

Todos somos humanos y falibles, pero esta vez contamos con muy poco espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución que alguna vez nos hemos permitido recordar de viva voz como ofreciendo a la gran Argentina del futuro nuestra conmovida oración laica de modestos ciudadanos, entonces, como también lo hemos dicho en más de una ocasión, nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra, tan hondamente agitada por las luchas y las frustraciones de este tiempo, habrá merecido de su posterioridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República.

Con el esfuerzo de todos, en unión y libertad, que así sea."

Raúl R. Alfonsín
1° de Diciembre de 1983
Texto completo en http://ricardobalbin.tripod.com/alfonso.htm