Me pongo a escribir esto a 10 minutos de terminado el tan ansiado Argentina- Brasil (lo aclaro de antemano, para que se entienda hacia qué lado van los tiros, dado que el fútbol tiene muchos problemas pero que no me atañen en este momento).
A través de muchos años de mirar, de jugar y de sentir futbol, creo que puedo dar la respuesta a cuál es el problema con el deporte rey. Podrá decirse que no es nuevo, ni que no soy el único que lo piensa, pero es mi blog y yo escribo lo que pienso yo, los demás ya tienen sus blogs o pueden hablarlo libremente en cualquier bar.
Y yo, sin miedo a equivocarme, y sintiéndome juez y parte del asunto, declaro culpable a la especulación.
Digo que soy juez y parte porque como amante del deporte limpio, donde gana el más habilidoso, donde un caño, una rabona, una pared bien devuelta que termina en gol, es lo que yo considero “jugar al futbol”, pero que a la vez he festejado como loco cuando se gana jugando mal o con un gol con la mano…
Hecha la aclaración retomo el hilo de la cuestión, redoblo la apuesta: el problema del futbol es cuando solo uno de los dos equipos sale a jugar.
Ejemplos sobre esto, no me faltan. Pero agarremos el más reciente: Brasil 3 – Argentina 1. Visto así, el partido fue un palizón. El resultado es más que contundente, y hay un ganador y un perdedor.
Sin embargo, yo no lo veo tan así. Perdedor, en el fondo, resulta todo aquel al que le gusta “eso especial” del futbol. El resultado, la estadística, marcan una cosa. Los 90 minutos en la cancha, dicen otra.
Con esto no quiero atacar ni a Brasil, ni su táctica, ni a su técnico, que me parecen abominables. No obstante, quiero hacer énfasis en la paradoja siguiente: en el futbol actual, lo más beneficioso es no jugar. Y eso es lo que nos quieren vender con tanta táctica, técnica, estadística y resultado.
¿Acaso cuando vamos nosotros a jugar al futbol, jugamos a empatar? ¿Dejamos que el otro nos avasalle para salir a la contra, o aunque con limitaciones, intentamos jugar? ¿No es eso futbol?
Yo, personalmente, la derrota de hoy no me supo tan mal. Claro, el sinsabor lo tengo, y comienzo a preguntarme si es bueno ser laico en esta vida… (después de todo, en Brasil todos rezan, en España la mitad reza, en Italia tienen al Pope… y así les está yendo y así nos va a nosotros…).
Bromas aparte, Argentina jugó. Supo lo que quería, y fue a buscarlo con el cuchillo entre los dientes. No se nos dio, perdimos, y otra vez triunfaron los 11 detrás de mitad de cancha o colgados del travesaño.
Pueden llamarme ingenuo, pero yo sigo prefiriendo al futbol como juego, a la bocha pegada al piso, y al gol como consecuencia de esto, y no al revés. Al futbol se juega para meter gol, no se mete gol y se le llama juego…
Indignado, pero con la conciencia tranquila, me despido por hoy con un VAMOS ARGENTINA CARAJO, y a Brasil le digo: nos volveremos a ver en la final del año que viene… y eso sí, cuidate, porque D10S da changüí, pero es argentino y lo tenemos de DT.
sábado 5 de septiembre de 2009
lunes 25 de mayo de 2009
Ser conscientes
por EGP y alguna ayudita de MANF
En la sociedad moderna en la que nos toca vivir, a medio camino entre globalizada y cerrada en sí misma, muchas veces resulta una difícil tarea ponerse en contacto con realidades ajenas a las propias.
La mayor parte del tiempo solemos vivir conformes y metidos dentro de una cajita de cristal, en la cual nuestros problemas terminan recayendo en nimiedades a comparación de lo que padecen o han padecido otros. La memoria colectiva falla: no recordamos de dónde vinimos y lo que se ha tenido que padecer para llegar donde estamos.
Nuestros abuelos y las guerras, los conflictos internos y externos, el hambre, la miseria, el desarraigo de los inmigrantes, y toda clase de penurias que hoy nos suenan tan lejanas pero que, de alguna manera u otra, han contribuido para configurar nuestro presente.
Es por eso no debemos alejarnos de esta, que es en última instancia, la realidad que como mundo nos ha tocado vivir. La diversidad, el choque de ideas, y los enfrentamientos como resultado de todo esto, están a la orden del día.
Quizás la educación que hemos recibido no ha sabido -o no ha querido- incentivar en nuestras generaciones una mirada amplia y crítica de nuestro ser y las relaciones interpersonales, y a enseñarnos que siempre nos encontraremos a alguien en una mejor posición y alguien en una peor (en todos los aspectos de la vida).
Es por eso que rescato mucho la actividad que hemos hecho la semana pasada: una videoconferencia con Colombia, donde tuvimos la posibilidad de intercambiar preguntas con unos muchachos heridos a causa de las minas antipersonales.
Este tipo de actividades nos ayudan a reconocer otro tipo de realidades. Nos ayudan a darnos cuenta lo bien que vivimos, a comparación de otros. Nos recuerdan lo afortunados que somos, y hacia donde deberíamos dirigir nuestras miras de cara al futuro; sin olvidar, ni pasar por alto nuestro pasado.
Para realizar una acción crítica hacia estas injusticias es necesario, en primera instancia, no permanecer indiferente hacia esta realidad. Porque para cambiarlas precisamente es necesario conocerlas a fondo. Y aquí radica la fundamental importancia de cualquier contacto y entendimiento empático que podamos tener para con los demás y sus circunstancias.
Esto nos ayudará a comprender nuestro camino, nos engrandecerá como ciudadanos del mundo, y nos enseñará a darnos cuenta que la inconsciencia y el desentendimiento social no son variables a considerar.
En la sociedad moderna en la que nos toca vivir, a medio camino entre globalizada y cerrada en sí misma, muchas veces resulta una difícil tarea ponerse en contacto con realidades ajenas a las propias.
La mayor parte del tiempo solemos vivir conformes y metidos dentro de una cajita de cristal, en la cual nuestros problemas terminan recayendo en nimiedades a comparación de lo que padecen o han padecido otros. La memoria colectiva falla: no recordamos de dónde vinimos y lo que se ha tenido que padecer para llegar donde estamos.
Nuestros abuelos y las guerras, los conflictos internos y externos, el hambre, la miseria, el desarraigo de los inmigrantes, y toda clase de penurias que hoy nos suenan tan lejanas pero que, de alguna manera u otra, han contribuido para configurar nuestro presente.
Es por eso no debemos alejarnos de esta, que es en última instancia, la realidad que como mundo nos ha tocado vivir. La diversidad, el choque de ideas, y los enfrentamientos como resultado de todo esto, están a la orden del día.
Quizás la educación que hemos recibido no ha sabido -o no ha querido- incentivar en nuestras generaciones una mirada amplia y crítica de nuestro ser y las relaciones interpersonales, y a enseñarnos que siempre nos encontraremos a alguien en una mejor posición y alguien en una peor (en todos los aspectos de la vida).
Es por eso que rescato mucho la actividad que hemos hecho la semana pasada: una videoconferencia con Colombia, donde tuvimos la posibilidad de intercambiar preguntas con unos muchachos heridos a causa de las minas antipersonales.
Este tipo de actividades nos ayudan a reconocer otro tipo de realidades. Nos ayudan a darnos cuenta lo bien que vivimos, a comparación de otros. Nos recuerdan lo afortunados que somos, y hacia donde deberíamos dirigir nuestras miras de cara al futuro; sin olvidar, ni pasar por alto nuestro pasado.
Para realizar una acción crítica hacia estas injusticias es necesario, en primera instancia, no permanecer indiferente hacia esta realidad. Porque para cambiarlas precisamente es necesario conocerlas a fondo. Y aquí radica la fundamental importancia de cualquier contacto y entendimiento empático que podamos tener para con los demás y sus circunstancias.
Esto nos ayudará a comprender nuestro camino, nos engrandecerá como ciudadanos del mundo, y nos enseñará a darnos cuenta que la inconsciencia y el desentendimiento social no son variables a considerar.
domingo 17 de mayo de 2009
Consternados, rabiosos

Vámonos,
derrotando afrentas.
ERNESTO "CHE" GUEVARA
Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles
da verguenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida
vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart
da vergüenza el confort
y el asma da vergueza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido
eres nuestra conciencia acribillada
dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro
dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo
basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos
así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el timpo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia
estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella
donde estés
si es que estás
si estás llegando
aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones
donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios
pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.
Hasta mañana Mario, siempre quedarás en la memoria de los que alguna vez tuvimos la suerte de leerte.
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domingo 3 de mayo de 2009
A mí me decían El Gordo Boludo
otro más de Hernán Casciari
Dos tragedias similares, aunque con desenlaces distintos, ocurrieron ayer en Argentina y España a causa de la tradicional costumbre que tienen los adolescentes de burlarse de los compañeros de aula más introvertidos o estúpidos o deformes. En Buenos Aires, un nerd asesinó a cuatro compañeros; en San Sebastián, un chico que siempre era blanco de las burlas saltó desde un sexto piso y se mató.
Como todo el mundo sabe, no hay nada más cruel que un chico entre los 12 y los 16 años, aburrido de aprenderse de memoria el nombre de los ríos y con ganas de redefinirse en la vida. La escuela, ese hábitat que en apariencia fomenta la sociabilidad y otros valores humanos, es, en realidad, el sitio adecuado para aprender a hacer chistes de mal gusto y ponerle sobrenombres humillantes a los compañeros raros.
Cada vez que ocurre una tragedia a causa de las burlas, los medios de prensa y la televisión comienzan a desempolvar las claves de la solución final de estos males. Siempre que escucho estas opiniones apresuradas, me da por pensar que las personas que las propician han olvidado completamente su época escolar. No recuerdan nada.
Escuchaba ayer a un sicólogo, en un noticiero español, brindando a los jóvenes algunas pistas para lograr que los más fuertes no se burlen de los más débiles en el aula. Aconsejaba al resto del alumnado "dar parte a los profesores cada vez que notaran alguna de estas prácticas". Es decir, el sicólogo aconsejaba abiertamente el buchoneo (en español: chivatazo), sin recordar que ésta es una de las características de debilidad que más odian los fuertes del curso.
Los adultos que, asombrados, se preguntan por qué los adolescentes fuertes humillan, golpean y ridiculizan a los adolescentes débiles, desconocen que esta actividad no es exclusiva de las aulas. Incluso se da con mayor frecuencia en la ONU que en los colegios.
En casi todos los campos de la educación, padres y maestros tienden a culpar a los alumnos de fallos que son inherentes a la condición humana general: el joven no estudia, prefiere la trampa al esfuerzo, no lee, se burla de los más débiles, recurre a la violencia con asombrosa facilidad. ¿Es realmente éste el identikit de la juventud, o es el curriculum de Bush, o es la descripción de un padre promedio, o es la ficha técnica de uno de los miles de maestros mediocres que pueblan las aulas?
Si el lector tiene un hijo entre los 12 y los 16 años, creo que es recomendable que descubra, antes que nada, si el chico es un estúpido. Objetivamente, sin engañarse ni mezclar el veredicto con mantos de piedad o de amor. A mí me daría muchísimo miedo, por ejemplo, que en el futuro la Nina no supiera responder con creatividad a un insulto. No me alarmaría que fuese una alumna mediocre, pero sí que no tenga reflejos dialécticos para interactuar ante la crueldad del entorno.
Pequeño instructivo para padres, profesores y opinadores de medios de prensa: hay tres clases de alumnos, y ellos mismos se encargan de etiquetarse tan pronto llegan al establecimiento escolar: están los que se sientan adelante, los que se sientan en el medio y los que se sienta atrás. Parece demasiado general, incluso un estudio de campo torpe, pero no falla.
Con este mustreo, no es complicado saber que, si alguien va a suicidarse, será uno de adelante; si alguien va a matar a todo el mundo con una pistola, será uno del medio; y si alguien tendrá la culpa de todo según los ojos miopes de la sociedad, serán uno de los de atrás.
El profesor no debería sentirse satisfecho si los de adelante escuchan atentamente la clase. Debería saber que eso no se llama 'escuchar': eso es timidez, introversión o pánico. Lo que debe intentar un maestro es entretener a los del fondo. Por supuesto que para eso hace falta creatividad y pasión por el deporte. Pero logrado esto, el resto 'débil' de la clase se sentirá a salvo de sus verdugos y podrá participar, ya no desde el terror, sino desde la confianza.
Cada vez tengo más claro que los opinadores mediáticos que hablan de lo que debe hacerse con la educación han sido, de jóvenes, alumnos indefensos y humillados que se sentaban en los primeros bancos y aprendían de memoria ríos y fechas. Gente que no tuvo siquiera el valor de suicidarse o la prepotencia de matar. Y por eso, por pura mediocridad, ahora aconsejan desde la venganza y el rencor fórmulas imposibles.
Es necesario, sospecho, que la educación moral (la que brindan sobre todo los padres) aporte herramientas útiles, y no valores de un mundo que ya no existe. Junto a la solidaridad, habría que inculcarle al niño un poco de ironía. A la vez que honestidad, algo de malicia. Al mismo tiempo que amor por la verdad, pasión por la fábula y la exageración. A los hijos y a los alumnos no sólo hay que educarlos: también es preciso curtirlos.
A un chico hay que enseñarle a reírse de sí mismo, antes que a realizar cálculos matemáticos con logaritmos. Nadie que sepa reírse de sus propias desgracias se suicida o mata porque le digan "rengo" "narigón" o "cuatroojos" durante doce años ininterrumpidos. A mí me decían "El Gordo Boludo", y nunca intenté, por eso, coquetear con la muerte.
Lo que sí me generaba era angustia oral.
Dos tragedias similares, aunque con desenlaces distintos, ocurrieron ayer en Argentina y España a causa de la tradicional costumbre que tienen los adolescentes de burlarse de los compañeros de aula más introvertidos o estúpidos o deformes. En Buenos Aires, un nerd asesinó a cuatro compañeros; en San Sebastián, un chico que siempre era blanco de las burlas saltó desde un sexto piso y se mató.
Como todo el mundo sabe, no hay nada más cruel que un chico entre los 12 y los 16 años, aburrido de aprenderse de memoria el nombre de los ríos y con ganas de redefinirse en la vida. La escuela, ese hábitat que en apariencia fomenta la sociabilidad y otros valores humanos, es, en realidad, el sitio adecuado para aprender a hacer chistes de mal gusto y ponerle sobrenombres humillantes a los compañeros raros.
Cada vez que ocurre una tragedia a causa de las burlas, los medios de prensa y la televisión comienzan a desempolvar las claves de la solución final de estos males. Siempre que escucho estas opiniones apresuradas, me da por pensar que las personas que las propician han olvidado completamente su época escolar. No recuerdan nada.
Escuchaba ayer a un sicólogo, en un noticiero español, brindando a los jóvenes algunas pistas para lograr que los más fuertes no se burlen de los más débiles en el aula. Aconsejaba al resto del alumnado "dar parte a los profesores cada vez que notaran alguna de estas prácticas". Es decir, el sicólogo aconsejaba abiertamente el buchoneo (en español: chivatazo), sin recordar que ésta es una de las características de debilidad que más odian los fuertes del curso.
Los adultos que, asombrados, se preguntan por qué los adolescentes fuertes humillan, golpean y ridiculizan a los adolescentes débiles, desconocen que esta actividad no es exclusiva de las aulas. Incluso se da con mayor frecuencia en la ONU que en los colegios.
En casi todos los campos de la educación, padres y maestros tienden a culpar a los alumnos de fallos que son inherentes a la condición humana general: el joven no estudia, prefiere la trampa al esfuerzo, no lee, se burla de los más débiles, recurre a la violencia con asombrosa facilidad. ¿Es realmente éste el identikit de la juventud, o es el curriculum de Bush, o es la descripción de un padre promedio, o es la ficha técnica de uno de los miles de maestros mediocres que pueblan las aulas?
Si el lector tiene un hijo entre los 12 y los 16 años, creo que es recomendable que descubra, antes que nada, si el chico es un estúpido. Objetivamente, sin engañarse ni mezclar el veredicto con mantos de piedad o de amor. A mí me daría muchísimo miedo, por ejemplo, que en el futuro la Nina no supiera responder con creatividad a un insulto. No me alarmaría que fuese una alumna mediocre, pero sí que no tenga reflejos dialécticos para interactuar ante la crueldad del entorno.
Pequeño instructivo para padres, profesores y opinadores de medios de prensa: hay tres clases de alumnos, y ellos mismos se encargan de etiquetarse tan pronto llegan al establecimiento escolar: están los que se sientan adelante, los que se sientan en el medio y los que se sienta atrás. Parece demasiado general, incluso un estudio de campo torpe, pero no falla.
Con este mustreo, no es complicado saber que, si alguien va a suicidarse, será uno de adelante; si alguien va a matar a todo el mundo con una pistola, será uno del medio; y si alguien tendrá la culpa de todo según los ojos miopes de la sociedad, serán uno de los de atrás.
El profesor no debería sentirse satisfecho si los de adelante escuchan atentamente la clase. Debería saber que eso no se llama 'escuchar': eso es timidez, introversión o pánico. Lo que debe intentar un maestro es entretener a los del fondo. Por supuesto que para eso hace falta creatividad y pasión por el deporte. Pero logrado esto, el resto 'débil' de la clase se sentirá a salvo de sus verdugos y podrá participar, ya no desde el terror, sino desde la confianza.
Cada vez tengo más claro que los opinadores mediáticos que hablan de lo que debe hacerse con la educación han sido, de jóvenes, alumnos indefensos y humillados que se sentaban en los primeros bancos y aprendían de memoria ríos y fechas. Gente que no tuvo siquiera el valor de suicidarse o la prepotencia de matar. Y por eso, por pura mediocridad, ahora aconsejan desde la venganza y el rencor fórmulas imposibles.
Es necesario, sospecho, que la educación moral (la que brindan sobre todo los padres) aporte herramientas útiles, y no valores de un mundo que ya no existe. Junto a la solidaridad, habría que inculcarle al niño un poco de ironía. A la vez que honestidad, algo de malicia. Al mismo tiempo que amor por la verdad, pasión por la fábula y la exageración. A los hijos y a los alumnos no sólo hay que educarlos: también es preciso curtirlos.
A un chico hay que enseñarle a reírse de sí mismo, antes que a realizar cálculos matemáticos con logaritmos. Nadie que sepa reírse de sus propias desgracias se suicida o mata porque le digan "rengo" "narigón" o "cuatroojos" durante doce años ininterrumpidos. A mí me decían "El Gordo Boludo", y nunca intenté, por eso, coquetear con la muerte.
Lo que sí me generaba era angustia oral.
sábado 11 de abril de 2009
Yo es otro
por Hernán Casciari
http://orsai.es/2005/02/yo_es_otro.php
Yo creo que hago todo lo necesario, carajo. Y más. Abro el Clarín todas las mañanas a las ocho. Miro el partido del viernes; también entreveo, medio dormido por la diferencia horaria, el partido del sábado; y me siento en el sofá con una Quilmes en la mano a mirar los dos clásicos del domingo. Hago todo lo que hay que hacer.
El kiosco de enfrente de casa, que fue adquirido hace dos meses por un tipo de Lanús, ahora se llama La Bombonera y me vende yerba, alfajores y Serranitas; además, toda la familia del kiosquero me saluda con asento. Converso cuando se me antoja —vía Skype— con mi familia en Mercedes a un centavito de euro el minuto. Algunas tardes el Chiri me cuenta, por messenger, las novedades literarias desde su librería de Luján.
Me cuido mucho de no hablar de tú más que lo estrictamente necesario. Despotrico contra la forma en que las españolas meten el culo adentro de los vaqueros: sin gracia, sin calce profundo. Recito a solas la frase "ayer guiyermo se olvidó las yaves del garaye y el toyota se quedó abajo de la yuvia" para no perder la entonación. A la Nina le digo ¡che! y la santa se da vuelta: es importante inculcarle que "che" es su segundo nombre.
Voy con el mate por toda la casa, a cualquier hora, incluso cuando no tengo ganas de tomar mate. Para despertar a mi hija de la siesta le canto Manuelita, la Reina Batata y Siga el Corso, en versión infantil. Despotrico contra la televisión española cada treinta minutos. Entre amigos no digo euros, digo pesitos: "prestáme diez pesitos" digo concretamente. Sigo pensando colectivo, subte, calefón, garrafa y plomero pelotudo, aunque muchas veces tenga que decir autobús, calentador, bombona y fontanero gilipollas. Del Clarín leo más que nada la sección Espectáculos, para saber si Tinelli le ganó a Suar o al revés. Y después reviso los chistes de la contratapa, para comprobar si me sigo riendo de las mismas cosas que antes.
A veces, cuando no entiendo un chiste, cuando un código argentino no se desata en mi cabeza con la soltura de la cotidianeidad, me siento terriblemente aislado, contrariado, perdido y caducado como una natilla en la nevera. Vencido como un sandy en la heladera. En orsai. En off-side. Me siento sucio como si me hubiera violado un gallego metiéndome la edición dominical del diario El País, enrollada, por el culo.
Me siento ofendido con mi propia cabeza, una cabeza que, a pesar de los esfuerzos desmesurados que hago, a veces se olvida de algo, va puliendo los baches de la memoria, se contamina de pluralidad lingüística, va desterrando la frase "dejemé a mitad de cuadra" cuando me subo a un taxi. Odio a veces a esta cabeza mía que reconoce, por la calle, a los argentinos recién llegados por su desmesurado yeísmo.
Muchos días me molesta sentir que me estoy acostumbrando a que todo funcione, a cobrar el día uno, o a que el policía de la esquina converse amistosamente con la puta de la esquina como lo que son, dos servidores públicos nocturnos que trabajan en la misma esquina. No debería acostumbrarme a eso: yo vivía en Palermo, la policía y los travestis se perseguían, se pegaban palazos, a veces ganaban ellos, a veces ganaban ellas. Pero no. Me acostumbro al orden. Me acostumbro a ir de madrugada sin ver a los chicos en la basura. Incluso hay días en que me siento cívico y tiro el paquete vacío de cigarros en la papelera. Odio esos días en que me siento cívico.
Entonces me pongo como loco y hago más esfuerzos, para no acostumbrarme, para no dar el brazo a torcer, y leo el pirulo de tapa de Página 12, y me bajo del E-Mule ochenta películas argentinas, también las películas que, si viviera en Buenos Aires, no vería ni borracho. Incluso me bajo y miro las películas en las que trabaja Nicolás Cabré.
Compro literatura argentina para saber qué están haciendo los escritores de mi edad. Escupo por la calle. Reconozco, a un golpe de vista, las publicidades españolas rodadas en Buenos Aires, por el paisaje o por la creatividad.
Despotrico, despotrico y despotrico todo lo que puedo, contra todo lo chato y todo lo triste y todo lo básico que hay en la cultura española. Hago comparaciones odiosas que a Cristina le ponen los pelos de punta. Me declaro en contra de la sociedad del bienestar, del consumo navideño, del Corte Inglés y de que en las ciudades de veraneo a las que vamos a echarnos panza arriba no haya una puta librería decente.
Hago todo lo que puedo, lo juro por dios y la virgen: una vez cada quince días canto "febo asoma ya sus rayos iluminan el histórico convento", y tengo en el bidet del baño (acá el bidet tiene tapa y no sirve para limpiase el culo) las obras completas de Borges y las de Fontanarrosa.
Sigo los partidos del Villarreal porque es el equipo con más argentinos titulares. Anoche grité bien fuerte el gol de Maxi López, y después grité más fuerte todavía el pase de Maxi López que le dio el dos a uno al Barça contra los ingleses, que son todos putos. El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés.
Pero a la vez me alegra que mis amigos estén a punto de conseguir los papeles. Y cocino la carne como dios manda, cocida, asada, a lo macho. Le pongo chimichurri, le pongo sal gruesa. Hago todo lo que hay que hacer. A veces hago más de lo que hay que hacer. Y sin embargo, a veces, a solas, mirando por la ventana, cagado de frío en pleno febrero, pienso que no podría vivir otra vez en Argentina. Es más, a veces pienso que no he vivido nunca en Argentina, que he tenido un sueño, un sueño real y nítido, que he tenido la sensación maravillosa de ser de allí, pero que nunca, en realidad, he estado.
Que jamás me he quedado una noche entera esperando un trasbordo en Moreno, muerto de miedo. Que nunca en la vida me robaron el discman en la estación Victoria, ni que nadie me puso jamás un cuchillo tramontina en la garganta para sacarme el bolso. Que nunca me dijeron que me iban a pagar y después no me pagaron. Que nunca dije "la semana que viene te pago" y después me mudé de ciudad para no pagarle a nadie.
Todo me parece un sueño, a veces. Hasta este DNI que sigo llevando (al pedo) en la billetera, el celeste con el logo del Mercosur, el que tiene mi cara de antes. Ya no es algo real o palpable. Este documento plastificado ya se ha convertido en otro de mis esfuerzos por seguir aferrándome con desesperación a un lugar en el mundo, a una utopía, a una noche interminable de mis veinte años, a unos amores y a unos amigos, a una mesa llena de libros y porro y mugre y lamparones de vasos de cerveza.
¿Y esta foto? ¿De quién es la foto en este DNI? A veces me miro en esta foto, la miro detenidamente, y no me reconozco. No soy yo del todo, es un doble, un doble mío, un doppelganger, un double walker, un conocido, un tipo que se parecía mucho a mí en algunos gestos, en ciertas manías choubinistas. Pero ahora esta foto puede ser la de cualquiera —me digo—, aunque hay alguien que con toda seguridad no está allí, posando como un estúpido en la Policía Federal a principios del año 2000: allí no está, ése no es.
Y entonces concluyo, muerto de miedo, vencido, caducado, que en esa foto ya no hay identidad por la que valga la pena pelear. Porque ésa no es la foto del padre de la Nina. Ni lo será nunca más (ni lo seré nunca más), por más yeísmo que arrastre mi lengua hasta que el paladar se me seque de gloria morir. Ésa no es la foto del padre de mi hija. Yo es otro, ostia puta, y vengo a descubrirlo ahora, en febrero, en Barcelona, y con esta lluvia triste que parece mercedina.
http://orsai.es/2005/02/yo_es_otro.php
Yo creo que hago todo lo necesario, carajo. Y más. Abro el Clarín todas las mañanas a las ocho. Miro el partido del viernes; también entreveo, medio dormido por la diferencia horaria, el partido del sábado; y me siento en el sofá con una Quilmes en la mano a mirar los dos clásicos del domingo. Hago todo lo que hay que hacer.
El kiosco de enfrente de casa, que fue adquirido hace dos meses por un tipo de Lanús, ahora se llama La Bombonera y me vende yerba, alfajores y Serranitas; además, toda la familia del kiosquero me saluda con asento. Converso cuando se me antoja —vía Skype— con mi familia en Mercedes a un centavito de euro el minuto. Algunas tardes el Chiri me cuenta, por messenger, las novedades literarias desde su librería de Luján.
Me cuido mucho de no hablar de tú más que lo estrictamente necesario. Despotrico contra la forma en que las españolas meten el culo adentro de los vaqueros: sin gracia, sin calce profundo. Recito a solas la frase "ayer guiyermo se olvidó las yaves del garaye y el toyota se quedó abajo de la yuvia" para no perder la entonación. A la Nina le digo ¡che! y la santa se da vuelta: es importante inculcarle que "che" es su segundo nombre.
Voy con el mate por toda la casa, a cualquier hora, incluso cuando no tengo ganas de tomar mate. Para despertar a mi hija de la siesta le canto Manuelita, la Reina Batata y Siga el Corso, en versión infantil. Despotrico contra la televisión española cada treinta minutos. Entre amigos no digo euros, digo pesitos: "prestáme diez pesitos" digo concretamente. Sigo pensando colectivo, subte, calefón, garrafa y plomero pelotudo, aunque muchas veces tenga que decir autobús, calentador, bombona y fontanero gilipollas. Del Clarín leo más que nada la sección Espectáculos, para saber si Tinelli le ganó a Suar o al revés. Y después reviso los chistes de la contratapa, para comprobar si me sigo riendo de las mismas cosas que antes.
A veces, cuando no entiendo un chiste, cuando un código argentino no se desata en mi cabeza con la soltura de la cotidianeidad, me siento terriblemente aislado, contrariado, perdido y caducado como una natilla en la nevera. Vencido como un sandy en la heladera. En orsai. En off-side. Me siento sucio como si me hubiera violado un gallego metiéndome la edición dominical del diario El País, enrollada, por el culo.
Me siento ofendido con mi propia cabeza, una cabeza que, a pesar de los esfuerzos desmesurados que hago, a veces se olvida de algo, va puliendo los baches de la memoria, se contamina de pluralidad lingüística, va desterrando la frase "dejemé a mitad de cuadra" cuando me subo a un taxi. Odio a veces a esta cabeza mía que reconoce, por la calle, a los argentinos recién llegados por su desmesurado yeísmo.
Muchos días me molesta sentir que me estoy acostumbrando a que todo funcione, a cobrar el día uno, o a que el policía de la esquina converse amistosamente con la puta de la esquina como lo que son, dos servidores públicos nocturnos que trabajan en la misma esquina. No debería acostumbrarme a eso: yo vivía en Palermo, la policía y los travestis se perseguían, se pegaban palazos, a veces ganaban ellos, a veces ganaban ellas. Pero no. Me acostumbro al orden. Me acostumbro a ir de madrugada sin ver a los chicos en la basura. Incluso hay días en que me siento cívico y tiro el paquete vacío de cigarros en la papelera. Odio esos días en que me siento cívico.
Entonces me pongo como loco y hago más esfuerzos, para no acostumbrarme, para no dar el brazo a torcer, y leo el pirulo de tapa de Página 12, y me bajo del E-Mule ochenta películas argentinas, también las películas que, si viviera en Buenos Aires, no vería ni borracho. Incluso me bajo y miro las películas en las que trabaja Nicolás Cabré.
Compro literatura argentina para saber qué están haciendo los escritores de mi edad. Escupo por la calle. Reconozco, a un golpe de vista, las publicidades españolas rodadas en Buenos Aires, por el paisaje o por la creatividad.
Despotrico, despotrico y despotrico todo lo que puedo, contra todo lo chato y todo lo triste y todo lo básico que hay en la cultura española. Hago comparaciones odiosas que a Cristina le ponen los pelos de punta. Me declaro en contra de la sociedad del bienestar, del consumo navideño, del Corte Inglés y de que en las ciudades de veraneo a las que vamos a echarnos panza arriba no haya una puta librería decente.
Hago todo lo que puedo, lo juro por dios y la virgen: una vez cada quince días canto "febo asoma ya sus rayos iluminan el histórico convento", y tengo en el bidet del baño (acá el bidet tiene tapa y no sirve para limpiase el culo) las obras completas de Borges y las de Fontanarrosa.
Sigo los partidos del Villarreal porque es el equipo con más argentinos titulares. Anoche grité bien fuerte el gol de Maxi López, y después grité más fuerte todavía el pase de Maxi López que le dio el dos a uno al Barça contra los ingleses, que son todos putos. El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés.
Pero a la vez me alegra que mis amigos estén a punto de conseguir los papeles. Y cocino la carne como dios manda, cocida, asada, a lo macho. Le pongo chimichurri, le pongo sal gruesa. Hago todo lo que hay que hacer. A veces hago más de lo que hay que hacer. Y sin embargo, a veces, a solas, mirando por la ventana, cagado de frío en pleno febrero, pienso que no podría vivir otra vez en Argentina. Es más, a veces pienso que no he vivido nunca en Argentina, que he tenido un sueño, un sueño real y nítido, que he tenido la sensación maravillosa de ser de allí, pero que nunca, en realidad, he estado.
Que jamás me he quedado una noche entera esperando un trasbordo en Moreno, muerto de miedo. Que nunca en la vida me robaron el discman en la estación Victoria, ni que nadie me puso jamás un cuchillo tramontina en la garganta para sacarme el bolso. Que nunca me dijeron que me iban a pagar y después no me pagaron. Que nunca dije "la semana que viene te pago" y después me mudé de ciudad para no pagarle a nadie.
Todo me parece un sueño, a veces. Hasta este DNI que sigo llevando (al pedo) en la billetera, el celeste con el logo del Mercosur, el que tiene mi cara de antes. Ya no es algo real o palpable. Este documento plastificado ya se ha convertido en otro de mis esfuerzos por seguir aferrándome con desesperación a un lugar en el mundo, a una utopía, a una noche interminable de mis veinte años, a unos amores y a unos amigos, a una mesa llena de libros y porro y mugre y lamparones de vasos de cerveza.
¿Y esta foto? ¿De quién es la foto en este DNI? A veces me miro en esta foto, la miro detenidamente, y no me reconozco. No soy yo del todo, es un doble, un doble mío, un doppelganger, un double walker, un conocido, un tipo que se parecía mucho a mí en algunos gestos, en ciertas manías choubinistas. Pero ahora esta foto puede ser la de cualquiera —me digo—, aunque hay alguien que con toda seguridad no está allí, posando como un estúpido en la Policía Federal a principios del año 2000: allí no está, ése no es.
Y entonces concluyo, muerto de miedo, vencido, caducado, que en esa foto ya no hay identidad por la que valga la pena pelear. Porque ésa no es la foto del padre de la Nina. Ni lo será nunca más (ni lo seré nunca más), por más yeísmo que arrastre mi lengua hasta que el paladar se me seque de gloria morir. Ésa no es la foto del padre de mi hija. Yo es otro, ostia puta, y vengo a descubrirlo ahora, en febrero, en Barcelona, y con esta lluvia triste que parece mercedina.
Así me siento muchas veces; así son algunos de los pensamientos que cruzan por mi cabeza.
Gracias Hernán por ser argento-catalán y expresar tan bien lo que nos pasa a los que estamos como vos...
martes 31 de marzo de 2009
Extracto final del discurso de Raúl Ricardo Alfonsín frente a la Asamblea Legislativa (1-12-1983)
Creo importante destacar este discurso justamente por estos días de tanto ajetreo, y en donde la vida de este personaje central de nuestra historia democrática actual pende de un hilo.
Lamentablemente, en esa época no había nacido. Lamentablemente no fui testigo de este hecho, que llenó de orgullo y creó expectativas y esperanzas en nuestro pueblo.
Sin embargo, opino que sin importar lo afín que uno pueda ser a su partido, la Unión Cívica Radical, nos encontramos frente a un hombre honrado, justo y conocedor de la política.
Si el cáncer que lo tiene a mal traer decide que su tiempo terrenal ha concluído, que sepa que quedamos muchos argentinos (de la época y posteriores) que le tenemos en estima y le agradecemos su labor. Que tuvo errores, como todo ser que se precie de humano, pero que pretendió llevarnos hacia un destino mejor y que, digan lo que digan unos cuantos, es lo que tenemos hoy en día en Argentina y sobre el cual debemos estar orgullosos.
Orgullosos por lo trabajado y lo sufrido, recordando nuestro pasado, pero pensando seriamente hacia donde queremos dirigirnos como país, como sociedad.
Considero oportuno por tanto este fragmento del extensísimo discurso, y le deseo al Dr. que pueda descansar con la paz que se merece una persona de su talante.
(sacado del blog de Jorge Telerman, http://jtelerman.blogspot.com/2009/03/final-del-discurso-del-dr-raul-alfonsin.html)
"Inútil sería tratar de disimular la emoción cívica que invade nuestro espíritu al presentarnos aquí, en este día, ante la magna Asamblea que encarna la representación de todo el pueblo argentino. Como sabemos que esa emoción es compartida y unánime, nos excusamos de palabras sobreabundantes para expresarla. La circunstancia no es propicia para la retórica, por otra parte. Es la hora de la acción y de la acción fecunda, decidida, comprometida e inmediata. Es la hora de hacer, de hacer bien, de hacer lo que la República reclama y el pueblo espera.
Por la libre voluntad del pueblo argentino, tengo el honor y la responsabilidad de asumir la presidencia de la República. Los hombres y mujeres de mi patria me honraron confiándome ese cargo con una esperanza: la de recuperar la Nación para la vida, la justicia y la libertad.
Esa esperanza es nuestra respuesta, la respuesta de la inmensa mayoría de los argentinos en una experiencia dolorosa.
Hemos vivido con dolor el imperio de la prepotencia y la arbitrariedad en esta tierra en la que nuestros abuelos quisieron construir la igualdad y la justicia.
Hemos vivido el dolor de la violencia y de la muerte aquí, en esta Argentina que todos soñaban y que todos queremos para la paz y para la vida.
Hemos vivido, y todavía vivimos, el dolor del desamparo de millones de hombres y mujeres en un suelo que puede proveer a la prosperidad de todos el dolor del hambre en el país de los alimentos, el dolor de la falta de techo, de salud y de educación en una nación donde nada justifica la existencia de estos males.
Hoy asumimos el gobierno de la Nación cuando está sumida en la crisis quizá más grave de su historia. Pero los dolores que hemos vivido nos dejaron lecciones que no podemos ni debemos olvidar, lecciones que nos ayudarán para salir de una vez por todas de esta situación intolerable, de esta degradación creciente de un pueblo y de un país que no merece ese triste destino.
Los pueblos, como los hombres, maduran en el sufrimiento y no seríamos dignos del nombre de pueblo argentino si no fuéramos capaces de aprender la lección del dolor.
Lo primero que no debemos olvidar es que lo más valioso que tiene nuestro país son los hombres y las mujeres que lo habitan. No es el petróleo, ni las vacas, ni el trigo, ni las fábricas, sino el trabajo y la capacidad de creación de todos y cada uno de nuestros habitantes lo que da sentido y riqueza a nuestra Argentina, como a cualquier otra nación del mundo.
La segunda lección es que sólo el pueblo se preocupa por el destino del pueblo. Cuando se impide al pueblo decidir su propia suerte, cuando se le prohíbe elegir y controlar al gobierno, tarde o temprano se deja de gobernar para el pueblo.
Nadie puede pretender que un gobierno no cometa errores. Pero de una vez por todas haremos que sólo sea el pueblo, por su libre voluntad y dentro de las instituciones democráticas, quien sea el único que juzgue y corrija esos errores. El dolor que vivimos nos ha enseñado que cada vez que se coarta el camino hacia la democracia, la inmensa mayoría de los argentinos termina perjudicándose.
También aprendimos que hay quienes se benefician cuando es la fuerza y no la voluntad libre del pueblo quien impone el gobierno de la Nación. Aprendimos que los que estimulan la impaciencia para proponer la intolerancia y la violencia como remedios, han terminado favoreciendo los intereses del privilegio. Aprendimos que cuando el pueblo no decide sobre el gobierno, la Nación y el pueblo quedan desguarnecidos frente a los intereses de adentro y de afuera.
Y hemos entendido que hay fuerzas poderosas que no quieren la democracia en la Argentina. Sabemos que la reivindicación del gobierno del pueblo, de los derechos del pueblo para elegir y controlar el gobierno de acuerdo con los principios de la Constitución, plantea una lucha por el poder en la que no podemos ni debemos bajar los brazos, una lucha que vamos a dar y en la que vamos a triunfar.
Tenemos una meta: la vida, la justicia y la libertad para todos los que habitan este suelo.
Tenemos un método: la democracia para la Argentina.
Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia.
Tenemos una tarea: gobernar para todos los argentinos sacando al país de la crisis que nos agobia.
Hoy enfrentamos dos desafíos: gobernar la Nación en la crisis y consolidar definitivamente la forma de gobierno que asegure el derecho del pueblo a decidir su destino. Como hombres que somos, podremos equivocarnos al gobernar. Como argentinos, en este momento y para siempre, sólo permitiremos que sea el pueblo el único juez de esos errores y el único con derecho a corregirlos. Nosotros, junto con la inmensa mayoría de los argentinos, sabemos que a los problemas que vamos a enfrentar, a los problemas que esta crisis ha agravado enormemente, se tratará de aprovecharlos para combatir la democracia. Pero sabemos que el pueblo aprendió la lección y que estará a nuestro lado para defenderla, con el vigor, la fuerza y la decisión de pelear por su derecho de gobernarse.
Vamos a hacer realidad la esperanza de recuperar la vida, la justicia y la libertad, porque, por dura que sea nuestra situación, ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar, junto con el gobierno pero también más allá de los gobernantes, en la tarea de construir su propio futuro. Otros pueblos se han levantado de ruinas a veces más tremendas que las nuestras. No somos más, pero tampoco somos menos que ellos. También nosotros podemos hacerlo, y lo vamos a hacer, superando dificultades, equivocándonos y corrigiéndonos. Y no tengo duda de que podemos gozar de esa vida, con esa justicia y esa libertad que hoy deseamos. Lo vamos a lograr vamos a dar ese ejemplo y vamos a extender nuestra mano fraterna para que otros pueblos, en particular nuestros pueblos hermanos latinoamericanos también lo logren.
Hemos venido ante vuestra honorabilidad, conscientes de nuestras limitaciones y del arduo esfuerzo que tendremos que desplegar para tratar de ponernos a la altura de nuestra responsabilidad histórica, pero conscientes, con igual sinceridad, de que nuestro mandato es claro, terminante e ineludible; tal como lo es, en la esfera del Poder Legislativo, los que han recibido los miembros de esta Honorable Asamblea, y tal como lo será el que oportunamente reciban, con acuerdo del Honorable Senado, los jueces de la Nación que habrán de completar la arquitectura constitucional de la República con su alta misión, más silenciosa, pero no menos esencial.
Todos somos humanos y falibles, pero esta vez contamos con muy poco espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución que alguna vez nos hemos permitido recordar de viva voz como ofreciendo a la gran Argentina del futuro nuestra conmovida oración laica de modestos ciudadanos, entonces, como también lo hemos dicho en más de una ocasión, nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra, tan hondamente agitada por las luchas y las frustraciones de este tiempo, habrá merecido de su posterioridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República.
Con el esfuerzo de todos, en unión y libertad, que así sea."
Raúl R. Alfonsín
1° de Diciembre de 1983
Texto completo en http://ricardobalbin.tripod.com/alfonso.htm
Lamentablemente, en esa época no había nacido. Lamentablemente no fui testigo de este hecho, que llenó de orgullo y creó expectativas y esperanzas en nuestro pueblo.
Sin embargo, opino que sin importar lo afín que uno pueda ser a su partido, la Unión Cívica Radical, nos encontramos frente a un hombre honrado, justo y conocedor de la política.
Si el cáncer que lo tiene a mal traer decide que su tiempo terrenal ha concluído, que sepa que quedamos muchos argentinos (de la época y posteriores) que le tenemos en estima y le agradecemos su labor. Que tuvo errores, como todo ser que se precie de humano, pero que pretendió llevarnos hacia un destino mejor y que, digan lo que digan unos cuantos, es lo que tenemos hoy en día en Argentina y sobre el cual debemos estar orgullosos.
Orgullosos por lo trabajado y lo sufrido, recordando nuestro pasado, pero pensando seriamente hacia donde queremos dirigirnos como país, como sociedad.
Considero oportuno por tanto este fragmento del extensísimo discurso, y le deseo al Dr. que pueda descansar con la paz que se merece una persona de su talante.
(sacado del blog de Jorge Telerman, http://jtelerman.blogspot.com/2009/03/final-del-discurso-del-dr-raul-alfonsin.html)
"Inútil sería tratar de disimular la emoción cívica que invade nuestro espíritu al presentarnos aquí, en este día, ante la magna Asamblea que encarna la representación de todo el pueblo argentino. Como sabemos que esa emoción es compartida y unánime, nos excusamos de palabras sobreabundantes para expresarla. La circunstancia no es propicia para la retórica, por otra parte. Es la hora de la acción y de la acción fecunda, decidida, comprometida e inmediata. Es la hora de hacer, de hacer bien, de hacer lo que la República reclama y el pueblo espera.
Por la libre voluntad del pueblo argentino, tengo el honor y la responsabilidad de asumir la presidencia de la República. Los hombres y mujeres de mi patria me honraron confiándome ese cargo con una esperanza: la de recuperar la Nación para la vida, la justicia y la libertad.
Esa esperanza es nuestra respuesta, la respuesta de la inmensa mayoría de los argentinos en una experiencia dolorosa.
Hemos vivido con dolor el imperio de la prepotencia y la arbitrariedad en esta tierra en la que nuestros abuelos quisieron construir la igualdad y la justicia.
Hemos vivido el dolor de la violencia y de la muerte aquí, en esta Argentina que todos soñaban y que todos queremos para la paz y para la vida.
Hemos vivido, y todavía vivimos, el dolor del desamparo de millones de hombres y mujeres en un suelo que puede proveer a la prosperidad de todos el dolor del hambre en el país de los alimentos, el dolor de la falta de techo, de salud y de educación en una nación donde nada justifica la existencia de estos males.
Hoy asumimos el gobierno de la Nación cuando está sumida en la crisis quizá más grave de su historia. Pero los dolores que hemos vivido nos dejaron lecciones que no podemos ni debemos olvidar, lecciones que nos ayudarán para salir de una vez por todas de esta situación intolerable, de esta degradación creciente de un pueblo y de un país que no merece ese triste destino.
Los pueblos, como los hombres, maduran en el sufrimiento y no seríamos dignos del nombre de pueblo argentino si no fuéramos capaces de aprender la lección del dolor.
Lo primero que no debemos olvidar es que lo más valioso que tiene nuestro país son los hombres y las mujeres que lo habitan. No es el petróleo, ni las vacas, ni el trigo, ni las fábricas, sino el trabajo y la capacidad de creación de todos y cada uno de nuestros habitantes lo que da sentido y riqueza a nuestra Argentina, como a cualquier otra nación del mundo.
La segunda lección es que sólo el pueblo se preocupa por el destino del pueblo. Cuando se impide al pueblo decidir su propia suerte, cuando se le prohíbe elegir y controlar al gobierno, tarde o temprano se deja de gobernar para el pueblo.
Nadie puede pretender que un gobierno no cometa errores. Pero de una vez por todas haremos que sólo sea el pueblo, por su libre voluntad y dentro de las instituciones democráticas, quien sea el único que juzgue y corrija esos errores. El dolor que vivimos nos ha enseñado que cada vez que se coarta el camino hacia la democracia, la inmensa mayoría de los argentinos termina perjudicándose.
También aprendimos que hay quienes se benefician cuando es la fuerza y no la voluntad libre del pueblo quien impone el gobierno de la Nación. Aprendimos que los que estimulan la impaciencia para proponer la intolerancia y la violencia como remedios, han terminado favoreciendo los intereses del privilegio. Aprendimos que cuando el pueblo no decide sobre el gobierno, la Nación y el pueblo quedan desguarnecidos frente a los intereses de adentro y de afuera.
Y hemos entendido que hay fuerzas poderosas que no quieren la democracia en la Argentina. Sabemos que la reivindicación del gobierno del pueblo, de los derechos del pueblo para elegir y controlar el gobierno de acuerdo con los principios de la Constitución, plantea una lucha por el poder en la que no podemos ni debemos bajar los brazos, una lucha que vamos a dar y en la que vamos a triunfar.
Tenemos una meta: la vida, la justicia y la libertad para todos los que habitan este suelo.
Tenemos un método: la democracia para la Argentina.
Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia.
Tenemos una tarea: gobernar para todos los argentinos sacando al país de la crisis que nos agobia.
Hoy enfrentamos dos desafíos: gobernar la Nación en la crisis y consolidar definitivamente la forma de gobierno que asegure el derecho del pueblo a decidir su destino. Como hombres que somos, podremos equivocarnos al gobernar. Como argentinos, en este momento y para siempre, sólo permitiremos que sea el pueblo el único juez de esos errores y el único con derecho a corregirlos. Nosotros, junto con la inmensa mayoría de los argentinos, sabemos que a los problemas que vamos a enfrentar, a los problemas que esta crisis ha agravado enormemente, se tratará de aprovecharlos para combatir la democracia. Pero sabemos que el pueblo aprendió la lección y que estará a nuestro lado para defenderla, con el vigor, la fuerza y la decisión de pelear por su derecho de gobernarse.
Vamos a hacer realidad la esperanza de recuperar la vida, la justicia y la libertad, porque, por dura que sea nuestra situación, ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar, junto con el gobierno pero también más allá de los gobernantes, en la tarea de construir su propio futuro. Otros pueblos se han levantado de ruinas a veces más tremendas que las nuestras. No somos más, pero tampoco somos menos que ellos. También nosotros podemos hacerlo, y lo vamos a hacer, superando dificultades, equivocándonos y corrigiéndonos. Y no tengo duda de que podemos gozar de esa vida, con esa justicia y esa libertad que hoy deseamos. Lo vamos a lograr vamos a dar ese ejemplo y vamos a extender nuestra mano fraterna para que otros pueblos, en particular nuestros pueblos hermanos latinoamericanos también lo logren.
Hemos venido ante vuestra honorabilidad, conscientes de nuestras limitaciones y del arduo esfuerzo que tendremos que desplegar para tratar de ponernos a la altura de nuestra responsabilidad histórica, pero conscientes, con igual sinceridad, de que nuestro mandato es claro, terminante e ineludible; tal como lo es, en la esfera del Poder Legislativo, los que han recibido los miembros de esta Honorable Asamblea, y tal como lo será el que oportunamente reciban, con acuerdo del Honorable Senado, los jueces de la Nación que habrán de completar la arquitectura constitucional de la República con su alta misión, más silenciosa, pero no menos esencial.
Todos somos humanos y falibles, pero esta vez contamos con muy poco espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución que alguna vez nos hemos permitido recordar de viva voz como ofreciendo a la gran Argentina del futuro nuestra conmovida oración laica de modestos ciudadanos, entonces, como también lo hemos dicho en más de una ocasión, nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra, tan hondamente agitada por las luchas y las frustraciones de este tiempo, habrá merecido de su posterioridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República.
Con el esfuerzo de todos, en unión y libertad, que así sea."
Raúl R. Alfonsín
1° de Diciembre de 1983
Texto completo en http://ricardobalbin.tripod.com/alfonso.htm
jueves 26 de marzo de 2009
Tails of Manhattan
by Woody Allen March 30, 2009 (The New Yorker)
Two weeks ago, Abe Moscowitz dropped dead of a heart attack and was reincarnated as a lobster. Trapped off the coast of Maine, he was shipped to Manhattan and dumped into a tank at a posh Upper East Side seafood restaurant. In the tank there were several other lobsters, one of whom recognized him. “Abe, is that you?” the creature asked, his antennae perking up.
“Who’s that? Who’s talking to me?” Moscowitz said, still dazed by the mystical slam-bang postmortem that had transmogrified him into a crustacean.
“It’s me, Moe Silverman,” the other lobster said.
“O.M.G.!” Moscowitz piped, recognizing the voice of an old gin-rummy colleague. “What’s going on?”
“We’re reborn,” Moe explained. “As a couple of two-pounders.”
“Lobsters? This is how I wind up after leading a just life? In a tank on Third Avenue?”
“The Lord works in strange ways,” Moe Silverman explained. “Take Phil Pinchuck. The man keeled over with an aneurysm, he’s now a hamster. All day, running at the stupid wheel. For years he was a Yale professor. My point is he’s gotten to like the wheel. He pedals and pedals, running nowhere, but he smiles.”
Moscowitz did not like his new condition at all. Why should a decent citizen like himself, a dentist, a mensch who deserved to relive life as a soaring eagle or ensconced in the lap of some sexy socialite getting his fur stroked, come back ignominiously as an entrée on a menu? It was his cruel fate to be delicious, to turn up as Today’s Special, along with a baked potato and dessert. This led to a discussion by the two lobsters of the mysteries of existence, of religion, and how capricious the universe was, when someone like Sol Drazin, a schlemiel they knew from the catering business, came back after a fatal stroke as a stud horse impregnating cute little thoroughbred fillies for high fees. Feeling sorry for himself and angry, Moscowitz swam about, unable to buy into Silverman’s Buddha-like resignation over the prospect of being served thermidor.
At that moment, who walked into the restaurant and sits down at a nearby table but Bernie Madoff. If Moscowitz had been bitter and agitated before, now he gasped as his tail started churning the water like an Evinrude.
“I don’t believe this,” he said, pressing his little black peepers to the glass walls. “That goniff who should be doing time, chopping rocks, making license plates, somehow slipped out of his apartment confinement and he’s treating himself to a shore dinner.”
“Clock the ice on his immortal beloved,” Moe observed, scanning Mrs. M.’s rings and bracelets.
Moscowitz fought back his acid reflux, a condition that had followed him from his former life. “He’s the reason I’m here,” he said, riled to a fever pitch.
“Tell me about it,” Moe Silverman said. “I played golf with the man in Florida, which incidentally he’ll move the ball with his foot if you’re not watching.”
“Each month I got a statement from him,” Moscowitz ranted. “I knew such numbers looked too good to be kosher, and when I joked to him how it sounded like a Ponzi scheme he choked on his kugel. I had to do the Heimlich maneuver. Finally, after all that high living, it comes out he was a fraud and my net worth was bupkes. P.S., I had a myocardial infarction that registered at the oceanography lab in Tokyo.”
“With me he played it coy,” Silverman said, instinctively frisking his carapace for a Xanax. “He told me at first he had no room for another investor. The more he put me off, the more I wanted in. I had him to dinner, and because he liked Rosalee’s blintzes he promised me the next opening would be mine. The day I found out he could handle my account I was so thrilled I cut my wife’s head out of our wedding photo and put his in. When I learned I was broke, I committed suicide by jumping off the roof of our golf club in Palm Beach. I had to wait half an hour to jump, I was twelfth in line.”
At this moment, the captain escorted Madoff to the lobster tank, where the unctuous sharpie analyzed the assorted saltwater candidates for potential succulence and pointed to Moscowitz and Silverman. An obliging smile played on the captain’s face as he summoned a waiter to extract the pair from the tank.
“This is the last straw!” Moscowitz cried, bracing himself for the consummate outrage. “To swindle me out of my life’s savings and then to nosh me in butter sauce! What kind of universe is this?”
Moscowitz and Silverman, their ire reaching cosmic dimensions, rocked the tank to and fro until it toppled off its table, smashing its glass walls and flooding the hexagonal-tile floor. Heads turned as the alarmed captain looked on in stunned disbelief. Bent on vengeance, the two lobsters scuttled swiftly after Madoff. They reached his table in an instant, and Silverman went for his ankle. Moscowitz, summoning the strength of a madman, leaped from the floor and with one giant pincer took firm hold of Madoff’s nose. Screaming with pain, the gray-haired con artist hopped from the chair as Silverman strangled his instep with both claws. Patrons could not believe their eyes as they recognized Madoff, and began to cheer the lobsters.
“This is for the widows and charities!” yelled Moscowitz. “Thanks to you, Hatikvah Hospital is now a skating rink!”
Madoff, unable to free himself from the two Atlantic denizens, bolted from the restaurant and fled yelping into traffic. When Moscowitz tightened his viselike grip on his septum and Silverman tore through his shoe, they persuaded the oily scammer to plead guilty and apologize for his monumental hustle.
By the end of the day, Madoff was in Lenox Hill Hospital, awash in welts and abrasions. The two renegade main courses, their rage slaked, had just enough strength left to flop away into the cold, deep waters of Sheepshead Bay, where, if I’m not mistaken, Moscowitz lives to this day with Yetta Belkin, whom he recognized from shopping at Fairway. In life she had always resembled a flounder, and after her fatal plane crash she came back as one. ♦
Two weeks ago, Abe Moscowitz dropped dead of a heart attack and was reincarnated as a lobster. Trapped off the coast of Maine, he was shipped to Manhattan and dumped into a tank at a posh Upper East Side seafood restaurant. In the tank there were several other lobsters, one of whom recognized him. “Abe, is that you?” the creature asked, his antennae perking up.
“Who’s that? Who’s talking to me?” Moscowitz said, still dazed by the mystical slam-bang postmortem that had transmogrified him into a crustacean.
“It’s me, Moe Silverman,” the other lobster said.
“O.M.G.!” Moscowitz piped, recognizing the voice of an old gin-rummy colleague. “What’s going on?”
“We’re reborn,” Moe explained. “As a couple of two-pounders.”
“Lobsters? This is how I wind up after leading a just life? In a tank on Third Avenue?”
“The Lord works in strange ways,” Moe Silverman explained. “Take Phil Pinchuck. The man keeled over with an aneurysm, he’s now a hamster. All day, running at the stupid wheel. For years he was a Yale professor. My point is he’s gotten to like the wheel. He pedals and pedals, running nowhere, but he smiles.”
Moscowitz did not like his new condition at all. Why should a decent citizen like himself, a dentist, a mensch who deserved to relive life as a soaring eagle or ensconced in the lap of some sexy socialite getting his fur stroked, come back ignominiously as an entrée on a menu? It was his cruel fate to be delicious, to turn up as Today’s Special, along with a baked potato and dessert. This led to a discussion by the two lobsters of the mysteries of existence, of religion, and how capricious the universe was, when someone like Sol Drazin, a schlemiel they knew from the catering business, came back after a fatal stroke as a stud horse impregnating cute little thoroughbred fillies for high fees. Feeling sorry for himself and angry, Moscowitz swam about, unable to buy into Silverman’s Buddha-like resignation over the prospect of being served thermidor.
At that moment, who walked into the restaurant and sits down at a nearby table but Bernie Madoff. If Moscowitz had been bitter and agitated before, now he gasped as his tail started churning the water like an Evinrude.
“I don’t believe this,” he said, pressing his little black peepers to the glass walls. “That goniff who should be doing time, chopping rocks, making license plates, somehow slipped out of his apartment confinement and he’s treating himself to a shore dinner.”
“Clock the ice on his immortal beloved,” Moe observed, scanning Mrs. M.’s rings and bracelets.
Moscowitz fought back his acid reflux, a condition that had followed him from his former life. “He’s the reason I’m here,” he said, riled to a fever pitch.
“Tell me about it,” Moe Silverman said. “I played golf with the man in Florida, which incidentally he’ll move the ball with his foot if you’re not watching.”
“Each month I got a statement from him,” Moscowitz ranted. “I knew such numbers looked too good to be kosher, and when I joked to him how it sounded like a Ponzi scheme he choked on his kugel. I had to do the Heimlich maneuver. Finally, after all that high living, it comes out he was a fraud and my net worth was bupkes. P.S., I had a myocardial infarction that registered at the oceanography lab in Tokyo.”
“With me he played it coy,” Silverman said, instinctively frisking his carapace for a Xanax. “He told me at first he had no room for another investor. The more he put me off, the more I wanted in. I had him to dinner, and because he liked Rosalee’s blintzes he promised me the next opening would be mine. The day I found out he could handle my account I was so thrilled I cut my wife’s head out of our wedding photo and put his in. When I learned I was broke, I committed suicide by jumping off the roof of our golf club in Palm Beach. I had to wait half an hour to jump, I was twelfth in line.”
At this moment, the captain escorted Madoff to the lobster tank, where the unctuous sharpie analyzed the assorted saltwater candidates for potential succulence and pointed to Moscowitz and Silverman. An obliging smile played on the captain’s face as he summoned a waiter to extract the pair from the tank.
“This is the last straw!” Moscowitz cried, bracing himself for the consummate outrage. “To swindle me out of my life’s savings and then to nosh me in butter sauce! What kind of universe is this?”
Moscowitz and Silverman, their ire reaching cosmic dimensions, rocked the tank to and fro until it toppled off its table, smashing its glass walls and flooding the hexagonal-tile floor. Heads turned as the alarmed captain looked on in stunned disbelief. Bent on vengeance, the two lobsters scuttled swiftly after Madoff. They reached his table in an instant, and Silverman went for his ankle. Moscowitz, summoning the strength of a madman, leaped from the floor and with one giant pincer took firm hold of Madoff’s nose. Screaming with pain, the gray-haired con artist hopped from the chair as Silverman strangled his instep with both claws. Patrons could not believe their eyes as they recognized Madoff, and began to cheer the lobsters.
“This is for the widows and charities!” yelled Moscowitz. “Thanks to you, Hatikvah Hospital is now a skating rink!”
Madoff, unable to free himself from the two Atlantic denizens, bolted from the restaurant and fled yelping into traffic. When Moscowitz tightened his viselike grip on his septum and Silverman tore through his shoe, they persuaded the oily scammer to plead guilty and apologize for his monumental hustle.
By the end of the day, Madoff was in Lenox Hill Hospital, awash in welts and abrasions. The two renegade main courses, their rage slaked, had just enough strength left to flop away into the cold, deep waters of Sheepshead Bay, where, if I’m not mistaken, Moscowitz lives to this day with Yetta Belkin, whom he recognized from shopping at Fairway. In life she had always resembled a flounder, and after her fatal plane crash she came back as one. ♦
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