Tendido en el lecho bajo la espesura de las mantas, abrigado del frío de un invierno que resulta más crudo de lo esperado. Se siente el calor que llega desde abajo, desde la zona de las piernas, de la pelvis, la panza, y que llega hasta arriba, hasta el pecho. Y los ojos van pesando, el cansancio comienza ya a notarse en el cuerpo y los sueños comienzan a anidar, poco a poco, en la cabeza.
Un repaso del día y de lo que vendrá, de lo que atormenta y de lo que da paz, que va tomando posesión en esa cabeza que no espera más que la tranquilidad del sueño, en donde puede ser ella misma. Y volar, imaginar, soñar. Actuar por instinto, sin la voluntad de aquellos impulsos ordenados a conciencia y que le indican qué hacer, cómo moverse.
Y sin más que su propia libertad, y con los límites que ella misma se imponga, comienza a hacer su trabajo subconsciente. A tejer los hilos de una historia, a dar forma a aquello que tenemos en los rincones más extremos de nuestro cerebro y a recopilarla, dándole un guión a ese espectro y poniéndole personajes.
Amigos, conocidos, familiares, personajes de ficción y otros, unidos quizás por única vez para seguir el argumento de una historia. Un relato sin pies ni cabeza, generalmente, pero en donde el lujo es el de ser espectadores en primera persona de grandes sucesos. O no. A veces, en su afán de enseñar algo, de ser un ejemplo, los sueños ponen delante imágenes que dan terror, que muestran aquello que no se quiere ver ni sentir. Y lo hace de diversas y maravillosas formas, y con detalles quizás todavía más interesantes.
Y así, tendido y resfriado como estabas, con ese calor que te adormece producto del abrigo del edredón, comienzan a flotar las ideas y las imágenes. Y te cuesta respirar, por la nariz y también por la boca, hasta que ya no respiras. Y te descubres la misma habitación, el mismo somier y el mismo edredón, con tu padre que te encuentra en ese lecho sin respirar, y que llama a la ambulancia. Escuchas ruido de fondo, mientras te llevan por el hospital. La oscuridad te rodea y son horas, y son días que es sólo oscuridad. Hasta que decides despertar.
Y el ocaso ya no te envuelve, y ya no estás sólo. Estás en la habitación, y tu padre te anima y te dice que ya todo pasó, que fue todo un sueño. Que estás bien, estás vivo. Le dices que quieres ver a tus amigos del alma, a las tres personas que más te importan, para que sepan lo que has pasado y estén contigo allí, en ese momento. Y le propones que llame a Lucho, a Rochi, a Sandrita que a ella le gustan estas cosas. Que te vengan a ver, ahí, en tu habitación. La 205.
4 comentarios:
meeeeeee gustaaaaa :D
Primeramente felicitarte por el lavado de cara del blog, te ha quedado más profesional! jajaja Pero seguís siendo aprendices! jajaj.
Solo decirte que el texto me ha recordado una vieja frase que antes solía decir: " Yo soy yo, mis circunstancias, y esta mierda de vida" jajaja. Sí, contundente, como a mí me gusta! Pero es cierto, reflexionar sobre lo que eres te encierra en una espiral cerrada; y más si estás en una cama, el lugar ideal para observar el mundo. Sobre todo, si tienes una ventana cerca.
Un saludo Quique!
Se nota que eres argentino, estas analisis psiquicas, incluso cuando os la hacéis a vosotros mismos, son siempre muy profundas... y abstractas. Escribes bien, de eso no hay duda!
Tanti saluti!
Victor
gracias gente el apoyo!!!
un abrazoo
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